HOMENAJE A YOLANDA GONZÁLEZ 2021

HOMENAJE A YOLANDA 2021

Este 2 de febrero, durante todo el día dejad vuestras flores en su placa en la actual avenida de Juan Carlos I, 53 en Leganés (muy pronto avenida de la Sanidad Pública) al lado del monumento de los abogados de Atocha.

LLEVA TU FLOR, COMPARTE SU RECUERDO

LLÉVALE UNA FLOR A YOLANDA GONZÁLEZ

Hace 41 años un grupo de fascistas, asesinaron a Yolanda González, dirigente estudiantil y militante trotskista, su delito defender a los estudiantes.

Transición,

Esta joven como Arturo Ruiz, Mari Luz Nájera y unos cuantos de cientos más, fueron asesinados, en esa mal llamada modélica transición, les quitaron la vida, les robaron las ilusiones, que nos recuerdan aquellos tiempos por los que todos estos jóvenes pelearon para que quedara más allá de un mundo mejor, los mismos que hoy se sientan en el parlamento con discursos xenófobos, antifeministas, que de nuevo nos quieren llevar a las catacumbas y no se lo podemos permitir por eso no queremos, ni debemos,dejar en el olvido a todos ellos, hoy especialmente de Yolanda Gónzalez.esta asamblea puso en homenaje a ella acudir.

El día 2 de febrero vamos a ir a la placa que el pasado año, la Asamblea de Leganés por la República colocó en su honor,al lado del monumento a los abogados asesinados en la calle Atocha; en la hoy Avenida Juan Carlos I, que esperemos pronto sea la de la Avenida de la Sanidad Pública, llévala durante todo el día, os invitamos a llevar una flor que de frescura y olor a nuestra memoria colectiva

NO vamos a olvidar a Yolanda ni a ninguno de los tantos asesinados durante la transición, vidas de jóvenes que se vieron truncadas.

Siempre los tendremos en nuestra memoria, auténticos artífices de la libertad y la democracia, aunque la historia oficial, nos diga otra cosa.

El día 2 de febrero lleva tu flor a su placa.

Asamblea de Leganés por la República.

Obligados por el franquismo, olvidados por el Estado. Los veteranos de Ifni y el Sáhara

Fotografías, archivos y cartas del veterano José Tarazona.

José Tarazona tiene 85 años, dos hijas y cinco nietos. Y guarda, en su casa de Torrent, en Valencia, un sinfín de cartas y recortes de periódico. Todos ellos, relativos a la Guerra de Ifni y el Sáhara: una contienda militar ocurrida entre 1957 y 1958, y a la que el franquismo mandó más de 14.000 soldados. La mayoría de ellos, algo más de la mitad, ni siquiera eran reclutas profesionales, sino que estaban haciendo el servicio militar obligatorio. Tarazona se encontraba entre estos últimos y pasó allí medio año. “En todas las comidas había que retirar diez o doce moscas del plato. Quitábamos la arena del aeropuerto, para que pudieran aterrizar los aviones. Llevábamos alimentos a los del frente y llegamos a pasar más de diez días sin agua. Aunque yo no di tiros, que esos los daban los legionarios y los de aviación”, cuenta por teléfono. Desde finales de 2007, la Ley de Carrera Militar promete un reconocimiento, también económico, a quienes participaron en aquella guerra. Pero lo último que los veteranos saben de él, según un proyecto de decreto elaborado por el Ministerio de Defensa, es que la ayuda apenas rondará los 1.000 euros.

La contienda empezó cuando grupos marroquíes trataron de recuperar algunas de las colonias españolas al norte de África, como lo eran Ifni y parte del Sáhara. Entre las tropas que allí mandó Franco, como respuesta, hubo 300 muertos y 50 desaparecidos. Tras más de medio año de combates, España firmó la paz con Marruecos y solo mantuvo, de todo el territorio que había llegado a ocupar, una ciudad: la capital, Sidi Ifni. “Aquella guerra se ocultó, imagino que por una cuestión de orgullo militar. La prensa no lo contó, ni siquiera en su día. Por ello, pasaron décadas hasta que se empezaron a crear asociaciones”, comenta el historiador Gustavo Ordoño. Conoce bien el caso, ya que es el autor del libro La guerra de Ifni (Almuzara, 2018). Según documenta, las asociaciones de veteranos de esta guerra empezaron a formarse a finales de los 80 y a principios de los 90. Una buena parte de los datos históricos expuestos aquí sobre la contienda procede de su trabajo.

La primera organización que planteó una reparación económica para estos veteranos nació en Barcelona en 1999. Se llamaba ACET-4: Asociación de la Compañía Expedicionaria de Transmisiones 4. Con todo, los antiguos reclutas no empezarían a reunirse con los partidos políticos hasta 2005. Zapatero llevaba un año gobernando y, de cuando en cuando, en los diarios aparecía alguna mención a la ley de memoria histórica, que aún estaba en ciernes. “Quizá esa era la norma que les tendría que haber dado ese encaje, y no la de carrera militar”, cuenta Ordoño. Los soldados no profesionales de Ifni y el Sáhara fueron los únicos, confirma el historiador, a quienes España ha mandado a una guerra durante el servicio militar obligatorio. De ahí su singularidad.

“Timbramos a todos los grupos parlamentarios, pero el único que nos respondió fue Convergència i Unió. Sobre todo, el diputado Josep Maldonado”, recuerda Juan Vives, secretario de ACET-4. Ya en febrero de 2006, Maldonado logró sacar adelante una proposición no de ley, en la Comisión de Defensa del Congreso de los Diputados, que planteaba “que se honre y premie a aquellos soldados […] de forma justa, una reparación moral y económica”. Cuando se aprobó la Ley de Carrera Militar, un año y medio más tarde, las disposiciones finales del texto retomaron las aspiraciones recogidas en aquella otra propuesta. Así, la norma acabó prometiendo que el Gobierno “elaborará un listado de participantes en la contienda para estudiar […] ayudas nominales”. La ley fue aprobada con los votos de PSOE, CiU y UPyD en el pleno del Parlamento.

Pero las ayudas, 13 años después, no se han hecho efectivas. Y las cartas que guarda Tarazona son en realidad fotocopias. Las originales están escritas a mano, con un bolígrafo. Han viajado desde su pueblo, una por una, hasta portavoces políticos de todos los colores. Y de todos los cargos: las han recibido desde Pedro Morenés, que fue ministro de Defensa durante el gobierno de Mariano Rajoy, hasta Pablo Iglesias, cuando aún estaba en la oposición. Dos de ellas se dirigen también al periodista Antonio García Ferreras. En ellas, desde hará cerca de diez años, Tarazona solo pide una cosa: que las indemnizaciones prometidas en la ley de 2007 lleguen a sus destinatarios. La organización a la que pertenece, la Asociación del Batallón Expedicionario Guadalajara 20, nació al poco de aprobarse el texto y para asegurar que las ayudas encontraban a sus legítimos dueños. Aunque los Presupuestos Generales del Estado llegaron a plantear una partida de un millón de euros a este respecto, esta nunca se ejecutó.

La ley creció durante los últimos meses de mandato de José Antonio Alonso, el entonces titular de Defensa. En 2008, fue sucedido por Carme Chacón, que quizá asistió a los años más beligerantes por parte de las asociaciones. A finales de 2009, algunos veteranos llegaron a concentrarse frente al Congreso. La ministra también recibió cerca de ocho peticiones por escrito, firmadas por varias entidades, en las que le preguntaban por qué los listados y las ayudas no tomaban forma. “Una ley del todo incumplida”, rezaba una de las reclamaciones. Inmaculada Bañuls, diputada del PP en la Comisión de Defensa parlamentaria, pidió: “Deben ser enmendados inmediatamente”. Tanto en escritos intercambiados entre unos y otros, como en los turnos de palabra realizados en las Cortes, se reiteraba una idea: los veteranos están envejeciendo y nadie les ha compensado. En 2011, Maldonado intervino de nuevo, esta vez en el Senado, y sentenció: “No es justo lo que se ha hecho con estas personas por parte del Gobierno […] Están muriendo mientras ven cómo el Estado español, que los mandó a una guerra, no les paga lo que les debe”.

¿Por qué tantos años para elaborar unos listados? Durante el mandato de Chacón, el Gobierno llegó a reconocer, en el Parlamento, que se veía incapaz de recopilar la documentación necesaria para saber a quién debía dirigir las ayudas prometidas. Finalmente, le encargó a una empresa privada recabar los datos, en cajas de cartón y sin ningún tipo de clasificación, en el Archivo Militar de Ávila. “Los ficheros históricos estaban desordenados. Recuerdo que había kilómetros lineales de cajas y cajas con documentos. No sabíamos si había listas o si no las había”, recuerda Victoria San José. Ella fue la subsecretaria de Defensa junto a Alonso y Chacón, y quien dio la cara en la Comisión de Defensa, por parte del Gobierno, frente a quienes preguntaban por todo ello.

Nada cambió cuando pasó a gobernar el Partido Popular, a pesar de que este había reclamado las ayudas, de forma reiterada y desde la oposición, en aquella misma Comisión de Defensa. Así que los veteranos acudieron hasta el tribunal de Estrasburgo. Llegaron a contar con la ayuda del doctor en Historia Juan Pando, que cifró en 36.000 euros lo que, tras consultar varias leyes, el Estado debía a cada uno de los combatientes. “Estos veteranos eran pocos, muy mayores y carecían de ningún lobby político, o profesional, que les llevara esto. Estaba yo solo, y lo movía como podía a través del trato personal con otras autoridades. Pero no había presión social. Para el poder, solo eran unos cuantos viejos a punto de morir. Nada más”, cuenta Maldonado. Él ya ha dejado la política.

En 2018, tras una década de trabajo, la organización a la que pertenecía Tarazona celebró una comida de despedida entre los veteranos y se disolvió. “Decidimos acabar con aquello cuando, a una reunión, apenas acudimos dos personas. De los centenares que llegamos a ser cuando la fundamos, habían muerto más de la mitad. Otros estaban en sillas de ruedas o en alguna residencia”, apunta el veterano. Él se encuentra bien de salud. Por las mañanas, se encarga de toda suerte de recados. Al llegar la tarde, cuida de su mujer y juega con ella a las cartas. La cena la hace él.

Sus cartas están escritas con todos los honores, y en los encabezados se cuela algún “muy señor mío”. A Iglesias le reprocha, en concreto, que ni siquiera le responda, y le pregunta si acaso esta causa le resulta poco mediática. En la esquina de las hojas fotocopiadas se reiteran unas palabras escritas en diagonal, que tachan parte del texto: sin respuesta. Las excepciones son pocas, y entre ellas se cuelan las que Tarazona dirigió al Defensor del Pueblo. Según los últimos datos que aporta esta institución, el Gobierno prevé reconocer, de acuerdo con la ley de 2007, a 1.051 veteranos. En el decreto que prepara Defensa, y que todavía está pendiente de aprobación por el Consejo de Ministros, aparecen ya hasta los formularios con los que los veteranos podrán solicitar las ayudas. Ahora, hay algo en lo que coinciden el historiador Ordoño, el doctor Pando y los veteranos Vives y Tarazona: tras unos 13 años de periplo, y más de seis décadas tras la guerra, mil euros de indemnización son muy pocos. También Maldonado, que ya ha dejado la política, entiende que las ayudas, tal y como están planteadas, “resultan una miseria”. “La actual ministra las ha concedido de forma simbólica y por cumplir la ley. Ella viene de la jurisprudencia, al fin y al cabo”, apunta. Se refiere a Margarita Robles, la actual titular de Defensa. En respuesta a las preguntas de esta publicación, su ministerio no valora si la cantidad es grande o pequeña. Los 1.000 euros por cabeza resultan, argumentan, de dividir la partida prevista entre los combatientes apuntados.

Hay un partido al que Tarazona no escribirá nunca una carta para pedir ayuda: Vox. “Déjalos, que se coman la amargura”, cuenta. En cambio, en las tres misivas que este veterano lleva ya escritas a Robles, el antiguo combatiente se despide con una especial humildad: “No tomen en consideración mis errores de todas clases, pues hace 71 años que dejé de ir a la escuela”. Al acabar la guerra de Ifni y el Sáhara, este valenciano se dedicó a lo mismo que había hecho antes de la mili: a la construcción. Algún verano, José marchaba a Francia y trabajaba en un hotel. Como albañil, preparaba molduras y vallas. De la mili recuerda no solo la guerra “y los piojos y las pulgas” que conoció en África. Su batallón estuvo allí seis meses, entre enero y junio de 1958. Un año antes, y también en pleno servicio militar, le había tocado ayudar a reparar Valencia. En 1957, la ciudad se vio arrasada por una riada. Tarazona guarda las fotografías y los retales de todo aquello en una pequeña caja.

Un 22 de enero de 1921…….

Un 22 de enero de 1921 en España, el gobierno establece el «seguro obrero obligatorio» para todos los trabajadores. Sentó las bases del sistema público de pensiones en España y se aprobó para frenar las revueltas sociales del llamado ‘trienio bolchevique’.

Inauguramos con este sencillo artículo la sección Efemérides

 

CUADERNO DE LA MEMORIA SOBRE LA VIOLENCIA Y EL GENOCIDIO FRANQUISTA – CÓRDOBA

Desde el Foro por la Memoria de Córdoba hemos elaborado este Cuaderno de Memoria sobre la violencia y el genocidio franquista desde 1936 hasta 1978. Se trata de una visión sintética de todas las formas de violencia del franquismo que ofrecemos como una herramienta contra el negacionismo, el revisionismo y la equidistancia que alimenta el actual resurgir del fascismo. Especialmente indicado para jóvenes, incluye datos, citas de autores y amplia bibliografía. Tenemos ejemplares en papel para las asociaciones que nos lo pidan. Por el derecho a la verdad, contra el fascismo.

DESCARGA EL PDF

El campo de concentración franquista de Albatera muestra sus primeros vestigios del horror de la posguerra

Ubicado en el pequeño municipio de San Isidro (Alicante), este espacio albergó durante sus siete meses de funcionamiento como campo de concentración a miles de republicanos que llegaron a la provincia costera desde todas partes de la península. Más de ocho décadas después, un grupo de arqueólogos excava en lo que fueron sus instalaciones en búsqueda de fosas, todavía no halladas, para reconstruir otro capítulo olvidado de los años de represión franquista.

Una modesta placa instalada a pocos metros de la estación de tren San Isidro-Albatera-Catral, usualmente poco concurrida, es la única señal que confirma que se está en la dirección correcta. “En recuerdo de todos los seres humanos que sufrieron por un mundo más justo y más libre. Campo de Albatera”, reza el escueto texto del monumento, instalado por la CNT en 1995. Siguiendo el camino, un nuevo cartel explica brevemente la historia del campo de concentración de Albatera, en la Vega Baja (Alicante), del que ahora no queda más que un paisaje llano donde destaca un pequeño antiguo horno de pan. O eso parecía.

Desde el 26 de octubre hasta el pasado miércoles, el silencio y la habitual tranquilidad en el terreno fueron sustituidos por una frenética actividad y el sonido de una retroexcavadora. El equipo liderado por el arqueólogo aspense Felipe Mejías ha trabajado las últimas semanas para encontrar las fosas que se calcula que deben permanecer no muy lejos. En este primer trabajo sobre el terreno todavía no se han encontrado fosas, pero sí algunos restos humanos —lo que, subrayan los investigadores, resulta de vital importancia científica para validar la hipótesis de su existencia—, infraestructuras del antiguo campo de concentración, depósitos de basura que utilizaban los prisioneros —con las latas de sardinas que configuraban prácticamente su dieta—, balas y multitud de objetos personales o enseres que proyectan cómo era la vida en los barracones e inmediaciones de un espacio que encierra las historias de miles de españoles capturados por la represión franquista en el año 1939 en una provincia, Alicante, que albergó el último gobierno de la Segunda República, y desde cuyo puerto esperaban poder zarpar miles de refugiados republicanos procedentes de todas partes de la península mientras el bando sublevado ganaba la guerra.

El campo de concentración

En realidad, el campo de concentración que utilizó el franquismo había sido construido en tiempos de la II República como campo de trabajo al inicio de la Guerra Civil: “En diciembre de 1936 se publica su creación en el boletín de la República”, arranca Mejías, que ha documentado exhaustivamente la historia del lugar. “A lo largo de 1937 se construyen varios campos de trabajo porque las cárceles estaban llenas de prisioneros. El de Albatera es una cárcel a cielo abierto, un campo de trabajo con una serie de instalaciones, duchas, baños, dormitorios… Pero una cárcel al fin y al cabo, la gente que estuvo aquí no lo pasó bien, y menos en un contexto de guerra”, expone el arqueólogo.

El pequeño horno de pan es lo único que queda en pie del antiguo campo.

No obstante, matiza que las condiciones de lo que fue el campo de trabajo republicano no eran comparables a lo que resultó el campo de concentración franquista: “Según los testimonios de los propios prisioneros [de la República], estaban atendidos, tenían médico, comían todos los días… Esto lo comparas con lo que publicaban después los prisioneros del bando franquista y no tiene nada que ver”.

Cuando el 1 de abril de 1939 termina la guerra, el campo de Albatera se convierte en un centro de clasificación y redistribución de prisioneros, “pero hay gente que se tira aquí los siete meses que permaneció abierto”, subraya el arqueólogo. No quedan listados de prisioneros, con lo que es imposible saber cuántas personas pasaron por las instalaciones en su uso franquista —se calcula que entre 15.000 y 20.000—, pero sí se conservan memorias de algunos prisioneros.

El hallazgo de latas de sardinas que consumían los presos permitirá determinar cuestiones como el proveedor del alimento

Las mismas, expone Mejías, cuentan cómo los dos o tres primeros días que los prisioneros llegan al campo no beben agua ni comen. “Durante el primer mes comen solo cuatro veces. Una lata de sardina para tres personas y un chusco de pan también a compartir”, detalla el arqueólogo. Los prisioneros permanecen hacinados, las letrinas se atascan los primeros días y está todo lleno de parásitos, con lo que la gente prefiere dormir fuera de los barracones.

“La gente enferma, no descansa bien, se encuentran enfermedades pero no se tratan porque, aunque hay médicos, no hay medicamentos, y las infecciosas en un contexto así se transmiten muy rápido, sobre todo el tifus”, detalla. Algunas investigaciones cifran en 70 la cantidad de personas fallecidas por esta enfermedad en el campo solo en el primer mes. A ello se suman los fusilamientos, a veces justificados por el mero hecho de acercarse a las vallas. Los testimonios hablan de que todos los días muere gente, pero, ¿dónde fueron a parar todos esos cuerpos? Esa fue la pregunta que motivó al arqueólogo a iniciar su investigación.

El trabajo de campo ha continuado por más de un mes en una basta superficie de 700x200m aproximadamente

Décadas de silencio

Desde 1993, San Isidro, que antes había pertenecido a Albatera, pasó a configurarse como municipio independiente, el más joven de la provincia de Alicante. Su historia condiciona la del campo de concentración: a principios de los 50, en plena dictadura franquista y solo una década después del cierre del campo, el Instituto Nacional de Colonización empieza a preparar terrenos para entregar viviendas y parcelas a quienes serían los nuevos habitantes del actual municipio, algunos procedentes de ciudades próximas, pero muchos de otras comunidades autónomas, lo que facilitó el olvido del complejo.

“Aquí vino gente de Andalucía, Castilla La Mancha, Murcia, Barcelona… Lo normal es que no supieran que existía el campo”, expone Manuel Gil Gómez, que lidera el Ayuntamiento de San Isidro, organismo solicitante de la ayuda que ha permitido al equipo de Mejías actuar en el terreno. Su propio padre es de Jaén. “También había gente de la zona que sí que sabía que existía, pero en aquellos años cualquiera hablaba del campo de concentración, y luego aparte ya se encargó el gobierno franquista de que no existiera nada”, añade el representante socialista.

Objetos descubiertos en las excavaciones, como este medallón de Sabadell, prueban las distintas procedencias de quienes estuvieron en el campo de Albatera

Felipe Mejías incide en la cuestión del silencio cuando explica el proceso de documentación previo a las excavaciones. “En 1977, un operario que se encontraba trabajando por esta zona seccionó una fosa común, pero no lo contó hasta hace dos años. La ocultaron y la taparon”, ejemplifica. El testimonio de ese hombre sirvió para saber por dónde iniciar los trabajos. También el propietario de la parcela confesó haber encontrado restos humanos cavando hoyos con su padre. La lógica dice, explica el arqueólogo, que el trabajo de la tierra durante décadas afectaría a las fosas removiendo los huesos de las víctimas, motivo por el que aparecen restos humanos dispersos.

A día de hoy, una parte importante de la población alicantina desconoce que en la Vega Baja existió un campo de concentración franquista, a pesar de las jornadas que cada año se celebran en San Isidro alrededor del mismo, o de las placas conmemorativas vandalizadas en reiteradas ocasiones. Para Mejías, la educación es importante en este aspecto, y por eso da charlas en institutos siempre que se le presta la oportunidad: “La memoria de los campos de concentración se ha perdido, es una cosa que no se ha estudiado durante 40 años. Estuve en el instituto de Albatera y casi nadie sabía que había un campo de concentración aquí, casi nadie, ni siquiera los profesores del propio instituto”.

Las manos que recuperan la memoria

El grupo que lidera Mejías está formado por siete arqueólogos, una ciencia que, a pesar de su precarización laboral y su denostación por parte de algunos grupos políticos, resulta de gran importancia para la historiografía: “Hay mucha documentación que no se conserva, y ahí entra la arqueología, aunque las vías de investigación parezcan acabadas, la arqueología tiene mucho que decir”, subraya el investigador. Al grupo se suma la ayuda de una antropóloga forense. “Son equipos multidisciplinares, esto no lo pueden hacer solo arqueólogos. Además de un profesional de la antropología, si encontráramos fosas también tendría que venir un psicólogo, para los familiares y para el equipo, porque puede resultar muy duro… Trabajamos con un material que no es solo arqueológico, a nivel emocional te implicas mucho, podrían ser nuestros abuelos”, expone Mejías.

Gracias a los detectores de metales, el equipo ha encontrado multitud de objetos que analizará en laboratorio

Aroa Miralles es miembro del equipo. Tiene 29 años y coincide con el planteamiento de su compañero, aunque reconoce que cuando le sugirieron el trabajo al principio le dio cierto pánico aceptar: “Pensé que sería un choque emocional fuerte, pero luego me dije, ‘¿cómo no voy a estar allí?’. Creo que cuando encontremos las fosas caerá alguna lagrimilla, porque conlleva cerrar un círculo emocional no suelo nuestro, sino de todas las personas que están detrás apoyándonos, de los familiares que han pasado por tanto dolor”, argumenta la arqueóloga. Para ella, el aspecto generacional, que se puede observar también en su equipo, es importante: “Creo que esta generación se está dando cuenta de las injusticias que se han estado arraigando y que hemos despertado”. También es joven el ciudadano anónimo que ha limpiado el cartel informativo del campo de concentración en las ocasiones que alguien rayó encima de él, mientras duraban los trabajos de excavación, el nombre de la formación ultraderechista española.

Tras el pasado, el futuro

Después de esta primera fase —un proyecto novedoso en el país, cuyo único antecedente de características similares son los trabajos realizados por el CSIC en campo de concentración de Castuera (Badajoz)— vendrán más, pretende Mejías. Su proyecto de investigación está planteado a cuatro años vista y cuenta con conseguir más apoyo institucional para seguir con los trabajos en el campo de concentración. El Ayuntamiento de San Isidro apunta en la misma línea: sus planes pasan por comprar la parcela para proceder a la musealización del antiguo campo de concentración, pero el alcalde recuerda que se trata de un municipio de 2.000 habitantes con recursos muy limitados y que necesitarán un apoyo de las administraciones en el que ya están trabajando.

La idea del Ayuntamiento de San Isidro es musealizar el campo aprovechando sus estructuras originales, definidas gracias al equipo arqueólogo

La aparición en prensa del campo de concentración de Albatera a raíz de los trabajos de excavación subvencionados por la Conselleria de Participación, Transparencia, Cooperación y Calidad Democrática ha dado un soplo de aire fresco a la historia de este complejo, y muchas alegrías al equipo investigador. Una mujer de Málaga se puso en contacto con los arqueólogos al leer un reportaje sobre el campo en el que sabía que su tío abuelo había permanecido encerrado: “Él se alista en 1938, cuando la guerra está ya perdida, y en la foto que me pasó está él con otro compañero con el puño en alto sonriendo”, recuerda Mejías. “Un año después estaba fusilado. Se escapó del campo, lo pillaron en Burriana, y a los que pillaban por intento de evasión los fusilaban”. De momento, es la única familiar de víctimas que han localizado en estas semanas.

Para que haya trabajos de exhumación, tiene que haber fosas. El equipo de arqueólogos habla de ellas como si estuvieran seguros de que van a encontrarlas: “Va a ser un momento muy bonito, porque partir casi de la nada y descubrir fosas es algo muy especial”, concluye Mejías. Se le pregunta si una victoria: “No, la victoria ha sido poder buscarles. El hecho de hacerlo ya dignifica a esas personas, aunque no se les localice. Que se invierta en ello honra su memoria”. Aunque encontrarles sea difícil, sienten que ya han ganado.

 

HACE 87 AÑOS LAS MUJERES VOTARON POR PRIMERA VEZ EN ESPAÑA

El 19 de noviembre de 1933 se celebraron en España elecciones generales. Por primera vez en unos comicios que elegían el parlamento del Estado las mujeres tuvieron la oportunidad de ejercer su derecho al voto, cumpliendo así su derecho al sufragio con anterioridad a otros países europeos como Francia, Italia o Bélgica.
Se trató de la aplicación de los principios de igualdad de género que fueron plasmados en la Constitución de la Segunda República, aprobada en 1931 que en su artículo 52 dice: “El Congreso de los Diputados se compone de los representantes elegidos por sufragio universal, igual, directo y secreto”.
Por ello, la Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica entiende que no es comprensible que una democracia no celebre el aniversario de su primera existencia electoral. Algo que, según la asociación, tiene que ver con el trabajo que han hecho ciertas élites políticas y académicas para que la mayoría de la sociedad crea que la democracia llegó por primera vez a España tras la muerte de Franco, con la reinstauración de la monarquía.

“Aquel 19 de noviembre de 1933 las mujeres se acercaron a las urnas para ejercer un derecho del que habían carecido por años de discriminación y que perderían con el golpe de Estado del general Franco y durante toda su dictadura militar. La Constitución republicana supuso un cambio fundamental en la existencia de las mujeres que pasaron a convertirse en ciudadanas de pleno derecho, ocupando por primera vez cargos de responsabilidad política en esos años”.

La ARMH lamenta que ninguna institución del Estado no conmemoren esa fecha y rindan homenaje a los hombres y mujeres que hicieron posible la posibilidad que tuvo nuestra sociedad de hacer su transición a la democracia durante los años de la Segunda República. Muchos de los hombres y mujeres que hicieron posible esa oportunidad histórica tuvieron que huir del país, fueron encarcelados o asesinados y se encuentran todavía hoy en fosas comunes.

“Es tiempo además de que la sociedad española acabe con la patológica relación que mantiene con el pasado reciente, sin rememorar sus conquistas sociales ni sus avances políticos, algo que debilita nuestra cultura democrática y desmerece el esfuerzo de todos los hombres y mujeres que durante generaciones han luchado por la conquista de libertades universales y más justicia social”.

El 1 octubre de 1931, hace 89 años, las mujeres obtuvieron el derecho al voto en España por 161 votos frente a 131. Este logro fue posible gracias a la incansable lucha de la diputada Clara Campoamor, que lo defendió ferozmente frente a los demás miembros del congreso, entre ellos, Victoria Kent y Margarita Nelken.

«Señores diputados: lejos yo de censurar ni de atacar las manifestaciones de mi colega, señorita Kent, comprendo, por el contrario, la tortura de su espíritu al haberse visto hoy en trance de negar la capacidad inicial de la mujer», empezó su discurso la diputada Campoamor el día que se debatió la aprobación del derecho a voto.

Clara Campoamor

Campoamor era una de las tres únicas diputadas mujeres que había en ese momento en el congreso, y la única de ambas que decidió luchar por los derechos de todas. Las tres fueron elegidas por los votos de los hombres para formar parte del Congreso, participaban de las decisiones políticas tras haberse licenciado en derecho y haber sido propuestas como elegibles en las listas de sus partidos. Campoamor, tras proclamarse la Segunda República, fue elegida diputada por la circunscripción de la ciudad de Madrid en las elecciones de 1931, en un momento en que las mujeres podían ser elegidas, pero no ser electoras.

Clara Campoamor, Victoria Kent y Margarita Nelken

Discurso fuerte

«Un solo argumento: aunque no queráis y si por acaso admitís la incapacidad femenina, votáis con la mitad de vuestro ser incapaz. Yo y todas las mujeres a quienes represento queremos votar con nuestra mitad masculina, porque no hay degeneración de sexos, porque todos somos hijos de hombre y mujer y recibimos por igual las dos partes de nuestro ser, argumento que han desarrollado los biólogos. Somos producto de dos seres; no hay incapacidad posible de vosotros a mí, ni de mí a vosotros», argumentó Campoamor en el Congreso tras un acalorado debate en el que tan solo treinta votos dieron el derecho de la plena capacidad a las mujeres.

De esta forma, la diputada del Partido Radical (autoproclamado «republicano, liberal, laico y democrático»), prosiguió apelando a la Revolución Francesa para justificar la fuerza de la mujer como motor de cambio político. «Yo, señores diputados, me siento ciudadano antes que mujer, y considero que sería un profundo error político dejar a la mujer al margen de ese derecho, a la mujer que espera y confía en vosotros; a la mujer que, como ocurrió con otras fuerzas nuevas en la revolución francesa, será indiscutiblemente una nueva fuerza que se incorpora al derecho y no hay sino que empujarla a que siga su camino».

«Negadlo si queréis; sois libres de ello, pero sólo en virtud de un derecho que habéis detentado, porque os disteis a vosotros mismos las leyes; pero no porque tengáis un derecho natural para poner al margen a la mujer«, concluyó la política provocanco una larga ovación por parte de sus colegas. Tras la votación, el sufragio femenino se convirtió en una realidad con tan solo 30 votos de ventaja, o lo que es lo mismo, con casi la mitad del Congreso en contra.  Paradójicamente, Campoamor tuvo que enfrentarse a las otras dos diputadas mujeres, Victoria Kent y Margarita Nelken para conseguir la aprobación. Ambas coincidían en que las mujeres españolas estaban demasiado condicionadas por la iglesia como para ejercer plena e independientemente su derecho.

FUE MIGUEL DE UNAMUNO ASESINADO POR EL FRANQUISMO

Un documental plantea la hipótesis que la muerte de Miguel de Unamuno pudo no ser como nos la contaron: “Palabras para un fin del mundo” revisa los últimos días de un referente intelectual de la República y figura controvertida por su apoyo al golpe de Estado en sus inicios.

Entrevista a su director, Manuel Menchón, para hablar de los nuevos hallazgos sobre quién acompañaba al escritor cuándo murió, por qué no hay autopsia o la falta de pruebas de las palabras que se le atribuyen en el Paraninfo de la Universidad de Salamanca que ponen en cuestión la versión oficial del franquismo.

Para analizar la propuesta del documental con la muestra del cine ver aquí

Adiós al último superviviente español de los campos de concentración nazis. Sobreviviente de Mauthausen

El cordobés Juan Romero falleció anoche en la localidad francesa de Ay. Tras su muerte, ya no queda con vida ninguno de los 9.300 españoles que fueron deportados a campos de concentración nazis

España pierde un trozo irremplazable de su historia. Ya no queda ninguno. 75 años y cinco meses después de la liberación de los campos de concentración nazis, ha fallecido el último español que vivió aquel infierno y que pudo contarlo. El cordobés de Torrecampo Juan Romero Romero emprendió anoche su último viaje desde la localidad francesa de Ay, en la que residía desde hace siete décadas. Tenía 101 años y dejaba atrás una vida repleta de sufrimiento, de compromiso y de lucha por la libertad. Una vida en la que obtuvo el reconocimiento de Francia. Una vida en la que tuvo que esperar 101 años para que su patria le homenajeara y le tratara como lo que fue: un héroe.

Una vida de lucha

Nacido en abril de 1919 en Torrecampo (Córdoba), Juan Romero creció en el seno de una humilde familia de labradores. El deseo de acabar con las enormes desigualdades económicas y sociales que imperaban en aquella España le llevó a afiliarse a la Unión General de Trabajadores. A pesar de que solo tenía 17 años cuando se produjo la sublevación militar contra la democracia republicana, Juan se alistó voluntario para combatir a las tropas fascistas. Formando parte de la 33ª Brigada Mixta, luchó en la sierra de Guadarrama, Brunete, Guadalajara y Teruel. Especialmente dura para Juan fue la batalla de El Ebro, en la que tuvo que cruzar el río en una pequeña barca mientras los soldados franquistas le disparaban desde la orilla. Muchos compañeros murieron. Juan resultó herido, pero, después de recuperarse en un hospital de campaña, regresó con su brigada. Ante el ya imparable avance de los soldados franquistas, Juan cruzó la frontera hacia Francia en febrero de 1939.

Las autoridades francesas le internaron, junto a miles de compatriotas, en el campo de concentración de Vernet d’ Ariège. A pesar del mal trato recibido por parte de las autoridades galas, Juan decidió alistarse en la Legión Extranjera para volver a combatir al fascismo en la guerra que se avecinaba contra Hitler. Esta segunda contienda tampoco acabó bien para el luchador cordobés. En el verano de 1940 las tropas nazis le capturaron y le enviaron al campo de prisioneros de guerra habilitado en la localidad alemana de Luckenwalde. En ese recinto, en el que más o menos se respetaban los derechos humanos y las convenciones internacionales, tendría que haber pasado el resto de la contienda. Sin embargo, las conversaciones entre el régimen franquista y sus aliados nazis provocaron un dramático cambio en el destino de todos los españoles que, como Juan, se encontraban en esos campos para prisioneros de guerra. La Gestapo se dedicó a identificarlos, uno a uno, y los envió a los campos de concentración para ser explotados laboralmente y exterminados.

En la antesala de la cámara de gas de Mauthausen

Juan Romero fue uno de los más de 7.500 españoles que, tras haber formado parte del Ejército francés, ingresaron en Mauthausen-Gusen entre 1940 y 1942. Otros 1.800 compatriotas más, hombres y mujeres, serían deportados a otros campos de concentración nazis por pertenecer a la Resistencia. De los 7.500 de Mauthausen, unos 5.200 solo pudieron salir de allí a través de la chimenea del crematorio, convertidos en humo y cenizas. Juan tuvo fortaleza, inteligencia y, sobre todo, una buena dosis de suerte que le permitió sobrevivir.

Cuadro que conservaba en su domicilio Juan Romero como recuerdo de su paso por Mauthausen Carlos Hernández

El primer trabajo esclavo que le asignaron los SS fue en la temible cantera de granito donde los españoles pasaban cerca de doce horas picando y trasladando piedras. Cada minuto era horrible, pero Juan recordaba cuál era el peor momento de la jornada: «Cuando terminaba el día subíamos una piedra por la escalera, y que no fuera pequeña… Los SS eran unos criminales. Todos los días llegaban los carros de la cantera llenos de muertos». Él no terminó en uno de esos carros porque, tras varios meses de durísimo trabajo, le trasladaron a un grupo que trabajaba en el exterior del campo y que estaba dirigido por el kapo español César Orquín. Mejor tratado y con algo más de comida, Juan recuperó fuerzas hasta que, un día, resultó seriamente herido tras sufrir un accidente en el trabajo. Los prisioneros sabían que la enfermería de Mauthausen era un verdadero matadero. Los doctores SS se apresuraban a aplicar inyecciones de gasolina en el corazón a los deportados que ya no les iban a resultar útiles para el trabajo. Juan volvió a tener suerte y, con la ayuda de algunos enfermeros-prisioneros españoles, se reestableció.

Su siguiente y último destino en Mauthausen fue en el llamado «comando de la desinfección». Su misión consistía en recoger las ropas de las expediciones de prisioneros que llegaban al campo y, en unas grandes parihuelas, llevarlas al edificio donde las lavaban y desinfectaban. Juan no murió de hambre porque él y sus compañeros del comando siempre encontraban algo de comida en los bolsillos de esas ropas. Físicamente no era un trabajo especialmente duro, pero sí lo era a nivel psicológico. Juan tenía que contemplar, especialmente en los últimos meses de la guerra, los grupos de prisioneros que eran enviados a la cámara de gas: «Si había grupos que llegaban y en vez de ir a la ducha se quedaban fuera, eso era muy malo… Esos iban directamente a la cámara de gas».

Pesadillas hasta el día de su muerte

El luchador cordobés nunca pudo olvidar a aquellos grupos que se dirigían, sin saberlo, hacia el matadero. De todos ellos, cada vez que recordaba aquellos años, le marcó especialmente uno: «Llegó al campo un grupo, había hombres, mujeres, niños muy chicos. Eran 30 o 40. Nosotros estábamos para salir; esperamos a que entraran, pasaron delante de nosotros y una niña pequeña me sonrió… la pequeñita, la pobre, ignorante no sabía que iba directa a la cámara de gas. Y eso me hizo mucho daño. Yo he visto muchos grupos, pero aquella pequeñita, la niña que me echó una sonrisa… Aún ahora, por las noches, me acuerdo mucho de ella».

Cuando el 5 de mayo de 1945 los soldados estadounidenses llegaron a Mauthausen, liberaron físicamente a los prisioneros, pero nadie jamás pudo liberar sus mentes. Los recuerdos de lo sufrido en el campo, de los compañeros asesinados, de las atrocidades de que fueron testigos les persiguieron durante el resto de sus vidas. A ese trauma, en el caso de los españoles se sumó un drama añadido: no podían regresar a sus hogares porque España seguía en manos de Franco. Juan rehízo su vida en Francia. Se instaló en la localidad de Ay, se casó, formó una familia y desarrolló su carrera profesional en una bodega de Champagne.

Grupo de españoles supervivientes de los campos nazis que se establecieron en la localidad francesa de Ay. Juan Romero está de pie, el quinto por la izquierda Cortesía de Juan Romero

Al igual que el resto de supervivientes españoles, Juan tardó años hasta que el Estado francés le reconoció un estatus parecido al de los deportados galos. A partir de los años ochenta, especialmente, ya era considerado un héroe y tratado como tal. Recibió todo tipo de homenajes y condecoraciones como la prestigiosa Legión de Honor. Muy diferente fue la actitud de España. Durante la dictadura se trató de borrar y tergiversar la historia de los deportados y deportadas españolas. Olvido y falsedades que se mantuvieron durante la Transición y que han perdurado hasta hace muy poco tiempo.

A Juan los homenajes de su patria le han llegado en el último momento. Fue el pasado 5 de mayo, unos días después de que cumpliera los 101 años, cuando el Consejo de Ministros aprobó un texto en el que reconocía su figura. Un reconocimiento que le trasladó personalmente la vicepresidenta primera, el pasado mes de agosto. Carmen Calvo se trasladó hasta la localidad de Ay para decirle a la cara lo que Juan había esperado durante años y años: «Gracias por tu vida«. Calvo le agradeció haber luchado contra el franquismo y haber defendido la democracia en España y en toda Europa: «Nunca haremos lo suficiente, siempre estaremos en deuda con los antifascistas españoles que pagaron con su vida. Gratitud eterna desde la democracia española». Juan se mostró muy contento ese día y quienes le querían afirman que ese reconocimiento final le ha permitido irse en paz.

Juan Romero con sus hijos Bernard y Jeannine y su nieta Eva Carlos Hernández

Con la muerte de Juan Romero desaparece el último español deportado a los campos de concentración nazis. Los cerca de 4.000, entre ellos un mínimo de 300 mujeres, que lograron sobrevivir a las alambradas de Mauthausen, Buchenwald, Ravesnbrück, Sachsenhausen, Dachau o Auschwitz han ido marchándose durante los últimos 75 años. Casi todos ellos murieron olvidados, ignorados, sin haber sido reconocidos por el Estado español. Ahora ya son Historia.

Vicente García Riestra, superviviente asturiano del campo de concentración de Buchenwald puso voz en 2017 a lo que sentía entonces Juan Romero y el último puñado de deportados españoles que todavía seguían con vida: «Somos una especie en peligro de extinción. Estamos llamados a desaparecer. Y qué vamos a hacer. La vida es así». La vida es así.

Que la tierra le sea leve.

Proudly powered by WP and R*